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miércoles, 16 de junio de 2010

Sólo hay que esperar

El tío Martín era un tipo serio en la esquina de la barra, donde la curva empieza a pronunciarse, tal como su vida, hacia la dura pared de ladrillo. Era un tipo culto y de buenos modales que llegaba tan puntual a la cita con su copa todas las noches como un muerto a su velorio con traje negro y toda la cosa. Siempre tenía algo de que platicar.

A veces criticaba las decisiones de la clase política en el país, que resultaba tan peligroso como pretender cruzar la carretera federal numero dos a las 4 de la mañana, ebrio y sin mirar a los lados. Otras tantas jugaba dominó y nos contaba alguna que otra historia que había leído en su largo deambular por los estrechos y mal alumbrados pasillos de la biblioteca pública de la ciudad.

También le gustaba cantar. Pero de que lo hiciera bien, no mucho. Le ponía sentimiento si, y además, nunca olvidaba una sola letra de las melodías, incluso podía hacer cantar a una guitarra bien afinada por algún músico local. Recuerdo que un par de veces los muchachos llegaron a pedirle que los acompañara a dar serenata, porque en esos tiempos de recesión, el único bien que no escaseó tanto como las botellas o la gasolina, fue el amor. O algo parecido.

Pero su semblante alegre y dicharachero se oscurecía un tanto cuando le hablaban de amor. Podía recitar versos enamorados, pero tenía que salir de él mismo el asunto porque de lo contrario no se le podía hablar en varios días. Perdía el sentido mas fácil cuando le hablaban de amor que con un par de botellas con alcohol. Y cuando lo recobraba de nuevo, era una tanda tras otra de monólogos sobre el mal que le hacen a uno las mujeres.

Siempre hablaba con coraje y a veces hasta con odio cuando trataba el tema. Podía pasarse toda la noche con la misma cantaleta recitándola una y otra vez, hasta que los muchachos se aburrían y lo sacaban del lugar o mejor se iban y lo dejaban solo.

Pero cuando el enojo hacía presa de él, y perdía el sentido con alcohol y algo peor que eso, las mujeres en su cabeza, yo siempre pude observar un pequeño brillo en sus ojos, la luz que es reflejada por una vela en una noche oscura. Y recordaba unas palabras que él me había dicho una tarde que llegó a El Mirador sobrio y más temprano que de costumbre.

-Cuando un hombre está solo, la noche es la noche y empieza con la mañana.
Pero siempre hay una hora que expulsa un ahora. Y una estrella que enciende una luz. Sólo hay que esperar-


Y en sus ojos podía reflejarse la luz encendida quién sabe por qué estrella alguna noche muy oscura al parecer. Una luz que había quedado encendida desde quién sabe cuándo.

Tal vez esperaba que esa luz hiciera salir al sol. Y que hiciera terminar la noche.

jueves, 19 de marzo de 2009

Funeral

Esa noche estaba muy tranquilo el negocio. Y el hombre que llegó pidiendo un trago, no alborotó ni siquiera un poco.

Tenía el semblante serio, como de quien ha visto a un muerto rondando por ahí. Le serví un tequila y le dí un limón partido, con su sal.

El tipo lo veía, como se miran las copas esas largas noches de insomnio, como se miran fundirse en agua un par de cubos de hielo.

Después de contemplar el espectáculo por cerca de media hora, limpié la barra y el tipo empinó su primer trago. No probó el limón.

Yo enterré a mi Madre. -Dijo. Yo seguía limpiando la barra. No dije ni una palabra.

Yo la enterré. Mi madrecita linda.

Sabe usted? -Me dijo. Ella murió de un paro cardíaco. Nadie lo esperábamos. Ninguno de sus 7 hijos. Hace ya mucho de ésto. Quizás haga más de diez años, ya no lo recuerdo.

Alcé la botella para ofrecerle otra copa y él hizo un ademán aceptando el trago. Le serví.

Él la empinó rápido. Y chupó el limón.

Sabe?, hoy fuí al cementerio otra vez. Hacía ya muchos años que no volvía. Desde que murió mi madre, creo. No quería volver, se lo aseguro. Pero ésta vez fuí sólo a pasear. No iba a acompañar a nadie, no iba a visitar a mi madre.

Sólo fuí a dar una vuelta.

Sabe? Yo soy un cuarentón que nunca se casó. Casi rozo los cincuenta. Y mi madre era todo lo que yo tenía en la vida. Mis hermanos, todos se casaron e hicieron familia. No los veo mucho. Quizá haga 7 navidades que no los veo. Recuerdo la última, si. Fué en la casa de mi madre, aunque ella ya no estaba. Estuvieron todos desde temprano conviviendo unos con otros, todos los sobrinos y mis hermanos. Fué una buena velada, a no ser por mi irrupción a media noche. Borracho como desde que mi madre murió. Entré yo con el sentimiento encima y me puse a gritarles a todos. A reclamarles lo que había pasado unos años atrás, en el funeral de mi madre.

Sabe? Yo era un tipo bien parecido. Tenía éxito en el trabajo y éxito en el amor, aunque nunca me casé. Yo vivía con mi madre, la quería demasiado como para dejarla vivir sola y hacer mi vida con alguna mujer de las que conocía en ese entonces.

Fué un error, sabe? Desde ese día, que les eché en cara todo, porque ha de saber que yo soy muy callado. Pero ha de saber también usted que el alcohol saca lo más bajo y deplorable del más alto y reconocido caballero. Me echaron de la casa. Me quitaron mi trabajo. Éste hermanito mío, el abogado. Cómo se llama? Ya no lo recuerdo. Ha pasado tanto tiempo..

Les eché en cara que no habían estado en el sepelio de mi madre, sabe? Nuestra madre. Ellos no vinieron. Pagaron algunos gastos. Me llamaron por teléfono. Pero sóla para avisarme que no vendrían. Yo estuve muy triste esos días, sabe usted? Y nunca les perdoné que no hubieran ido al funeral de mi madre.

Desde entonces, me dediqué a vagabundear por ahí. Me quedaba dormido afuera de las cantinas y al despertar, volvía a entrar para seguir bebiendo. Hacía dinero contando mis aventuras a algún ente interesado que se cruzaba por mi camino. A veces me pagaban con dinero y otras veces me pagaban con botellas.

Hasta hace poco que me encontré tan borracho que una mañana no supe de mí. Perdí el conocimiento, como tantas veces.

Pero esa vez fué algo diferente, sabe usted? Decidí en un santiamén que no seguiría con ése tipo de vida ya más.

Batallé mucho para alejarme del alcohol. Y otro tanto para conseguir un empleo.

Empecé limpiando vidrios en el estacionamiento de una tienda muy grande, sabe? Los que me veían me pagaban por limpiar vidrios, por cuidar carros y por lástima.

-El tipo se veía ido, con esa mirada tan profunda que no ve nada, sólo mira hacia el pasado.

Ahorré un poco de dinero y renté un cuarto muy feo. No tenía nada en él. Había solo Yo, mi alma y una mesita de centro, donde preparaba yo mis alimentos antes de irme a dormir y antes de irme a trabajar por la mañana. Se gana bien, sabe? Me alcanzaba para mal vivir y mal comer, pero era vida al fín y comida al mismo tiempo. Eso si, cero alcohol.

Un día me encontré con un hombre que me ofreció trabajo en un taller mecánico. Yo no sabía nada de mecánica automotriz. Pero yo sé de electricidad, sabe? Yo trabajaba de electricista antes de caer en el vicio del alcohol. Él se encargó de que me dieran trabajo.

Desde ahí, mi vida ha ido sólo hacia arriba. Rento un buen departamento y tengo mi carro propio. No es gran cosa, pero sabe usted? Después de tocar fondo, ésto es mejor que cualquier otra cosa.

-El hombre hablaba mucho. De lo serio que decía ser, ya no quedaba gran cosa. Le serví otro tequila. Él se lo tomó. Yo seguía limpiando la barra y mirando la puerta. Hacía viento esa noche, y la puerta se abría a veces. Por lo visto, no habría muchos clientes esa noche.

Sigo con mi trabajo de electricista, sabe? -Dijo. Pero ésta mañana.. No lo sé. Sentí una necesidad de ir al camposanto. Después de tanto tiempo, de haber caído, de haberme levantado y.. Bueno, después de tantas cosas.

Había escuchado esa mañana en la radio el sepelio de una abuelita. Quizás eso fué lo que me impulsó a volver al cementerio, donde tengo yo a mi madre, y a donde hace tanto que no iba.

Y fuí. Cerré mi negocio y me dirigí hacia el suelo santo como lo llaman los cristianos, al lugar donde yace mi madre, a la ultima morada de los mortales.

El funeral era algo triste, como todos los funerales, pero tenía un toque de elegancia, de clase. Todos vestidos de negro, con gafas negras y el cabello recogido.

Me acordé de la tarde nublada en que me tocó a mí ser el anfitrión. Ser el que recibió todos los abrazos de 'Lo siento' y todas las disculpas de la gente que de alguna u otra manera apreciaba a mi madre.

Sentí un leve escalofrío recorrer mi espalda. El sol era el de las 5 de la tarde, ya algo débil. Aún recuerdo los rostros de aquellas personas tristes que lloraron en el funeral de mi madre, contraste con éste, en el que nadie lloraba, nadie gemía y nadie consolaba a los hijos. Porque parecían estatuas de hierro negro. Parecía que no se inmutaban ante tan definitivo y triste espectáculo.

Parecía que no extrañarían nunca a su madre. A su mamacita linda.

Yo recordé de esa tarde nublada, que me sentía destrozado. Las lágrimas corrian por mis mejillas sin poder yo detenerlas. El sol, ausente, no me daba fuerzas para sostenerme en pié. Recuerdo que me doblé y caí de rodillas en el suelo de tierra.

Era una triste imágen. Y ésta mañana evoqué esos recuerdos. Recuerdos que creía yo, estaban olvidados. Recuerdos que aún estaban vivos. Y muy vivos.

Hoy, hace más de una década que murió mi madre. Y hace más de siete años que no veo a integrante alguno de mi familia de sangre. -Dijo el tipo mientras yo le servía el cuarto tequila.

A éstas alturas, -Me dijo. No sé que haré mañana.

El tipo apuró el cuarto tequila y me pidió el quinto. Le dí otro limón partido.

Yo seguí limpiando la barra. No recuerdo qué pasó después.